viagra natural

Aventuras y desventuras de una madre primeriza

luisa arencón 13 febrero 2009 1


Mi niño ya tiene dos añitos. Después de haber pasado noches infernales sin dormir y escuchando sólamente el llanto de mi peque, habiendo pasado los cólicos nocturnos, vomitadas en mi traje nuevo, caras de lechuga e impresionantes ojeras, el otro día voy a una reunión en la guardería y su cuidadora nos dice a todas las madres que ya es hora de quitarle el chupete…

bebe-chupete.jpg

¿Chupete? ¡Dios mío, noooooo! Pero si hace nada que hemos terminado de quitarle los pañales, cosa que nos ha costado un suplicio… El chupete, su único y gran aliado, ¿cómo lo íba a hacer?

En fín, cuando llegué a casa, decidí coger el toro por los cuernos, y muy suavemente, con la mejor de mis caras y con una voz lo más melodiosa posible, le expliqué a mi hijo que el chupete era “caca” y que ya había que tirarlo a la basura, y rauda y veloz se lo quité de la boca.

¡ Para qué hice aquello!, de aquella boquita de piñón comenzó a salir un alarido que me rio yo de las sirenas de las ambulancias y de los coches de bomberos. Aquella voz no podía salir de un cuerpecito tan diminuto como el de mi niño,pero… ¿de dónde sacaba esa potencia?, en ese momento me di cuenta de una cosa: ¡ Mi hijo tenía el mono!.

Me imaginé a su padre, que es un fumador empedernido, con un chupete en la boca y a mí quitándoselo. Era la misma imagen, mi pequeño tenía el síndrome de abstinencia y ahí fue cuando me di cuenta de lo malo que es un vicio, da igual cual sea, chupete, tabaco… es igual.

Le había quitado el chupete a las cinco de la tarde y eran las nueve de la noche y todavía no se había calmado. Cuando llegó su padre, estuvo a punto de, tal y como abrió la puerta, volver a cerrarla y marcharse…

Pero al fín llegó la tan deseada, para nosotros, hora de irse a la cama. La educadora de mi peque, nos comentó a las madres que para ir acostumbrando a nuestros hijos, debíamos ir quitando el chupete poco a poco, así que para irse a dormir todavía se lo podíamos dar.

Su padre y yo,subimos las escaleras para ir al dormitorio del enano, de cinco en cinco, y cuando lo acostamos en su cuna y le dimos su tan adorado “chupi” como él lo llamaba, un silencio sepulcral se hizo en toda la casa, y seguro que en todo el pueblo. Eso sí, si algo bueno saqué de ese día fue que nunca mi hijo había dormido tan bien como aquella noche.